Sunday, May 4, 2008

Del Cielo, el Nirvana, el Hombre Soltero y la Comunidad

Fue un acto automático. En cierta forma surrealista. André Breton me habría felicitado. Llegué cansado, sin filtro mental alguno y dije: no más guerra. Puse agua a calentar y una vez hirviendo, coloqué un tercio de un paquete de tallarines dentro de ella. En cinco minutos estaba listo (son las ventajas de no tener que cocinar para toda la familia). No me molesté en usar un colador para separar la pasta del agua. Simplemente, usando la tapa de la olla, como si fuera un escolar en campamento de BoyScout, colé el contenido de la misma y agregué un tarro de salsa dentro. Casi me sentí un elaborado Chef francés cuando agregué a los tallarines, orégano y una pizca de sal. Mi cena estaba lista. Obviamente, la olla fue mi plato. Sin postre no me iba a quedar: tomé un abrelatas, abrí un tarro de duraznos y con el mismo tenedor con el que había comido los tallarines, disfrute profundamente de aquel envasado fruto de la madre tierra.
Seguro que usted está pensado: que decadente este tipo. Se pasó. Como no pudo cocinar decentemente, preparar la salsa en una olla aparte, agregando un poco de carne, colar los tallarines con un colador, servir todo en un plato, rezar una oración antes y luego comer los duraznos en un bol con una cuchara?
Bueno, yo no pensé eso. Es más, no solo no pensé que había hecho algo malo o reprochable, sino que consideré que era más bien un ejemplo a seguir: cuanto carbono le había ahorrado a la atmosfera al tener que lavar menos platos y no tener que usar detergentes innecesarios? Cuánta agua había ahorrado usando un solo tenedor? Lo mío no era de flojo. Lo mío era sencillamente un heroico acto ecologista y punto.
Esto es, a fin de cuentas, lo que le pasa al hombre solo. Llegado el momento, es el solo el único señor de todos sus actos. Abogado acusador, defensor y juez. Lo bueno y lo malo, o lo más apropiado frente a lo inapropiado, solo se dicen con relación a él y no con relación al bien absoluto, que sin entrar a discutir, aun cuando es materia de discusión, confiamos que existe.
Quizás, yo con mis tallarines, no sea más que la decadente contraparte de aquel personaje de Joseph Conrad, en “The Heart of the Darkness” (Libro que inspiró “Apocalypsis Now”), quien en medio de la jungla, donde a nadie podría importarle menos, se esforzaba por vestir todos los días con un impecable y bien planchado traje blanco. Es decir, el hombre que impertérrito, en medio de las dificultades, sin importar si existe o no juicio ajeno, hace lo que considera su deber: vestirse limpiamente, o comer dignamente.
Y que duda cabe, vestirse de blanco en la jungla, es difícil. Quizás tan difícil como ser fiel, no mentir, devolver el vuelto que nos dieron de mas o no copiar en las pruebas. Ese es quizás el rol salvífico de la comunidad. Dado que, la única diferencia, citando a un amigo, entre un niño de catorce anos con un computador solo en su pieza, o con el mismo computador y televisión en una salita de estar a la vista de todos, es el rol protector de la comunidad (entendido que se trata de una buena comunidad). La sola presencia de la familia alrededor lo protegerá, quizás a veces a pesar de su voluntad, de ver u oír, aquello que no es bueno para él.
La misma idea, probablemente tenía Cristo, quien para llevar a cabo su proyecto salvífico elige a doce hombres, luego a setenta y dos, para que luego, el primer testimonio que tengamos de aquellos antiguos cristiano sea que: “rezaban en comunidad”. Y es que, trabajando por y en la comunidad, es como nos salvamos. No solos. Un concepto similar esta en algunas corrientes del Budismo, como el “Mahayana” o “Gran Vehículo”, que coloca un gran énfasis en la importancia de trabajar para otros y ayudarlos en su camino al Nirvana.
A fin de cuentas, Dios, más sabio que el hombre, sabía que este último, dejado solo en la mitad de la nada, termina comiendo de la olla y rara veces elige vestirse de blanco en la mitad de la jungla: cuidemos la comunidad, vivamos en comunidad.

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