Difícil es estar enfermo, pero más difícil aún estar enfermo de ciertas enfermedades. Así, quien muere de cáncer gástrico es siempre bien recordado, como un hombre bueno, que dio la pelea hasta el final, contra una enfermedad terrible que le cayó inmerecidamente. Pero pobre si lo suyo es cáncer de pulmón: se dirá que pena por él, pero que igual se lo tenía merecido, que un poco se lo había ganado, fumando todo lo que fumaba. Y para qué hablar de la obesidad, donde se suele decir: por qué sencillamente no cierra la boca? O del SIDA, que pareciera siempre ser merecido como consecuencia de una vida desviada y licenciosa.
La sociedad, quizás inadvertidamente, ha clasificado las enfermedades en dos tipos, las merecidas y las inmerecidas. Sin embargo, la realidad es que sin importar que tanto hayamos fumado, o que tantas relaciones sexuales hayamos tenido, nadie busca deliberadamente estar enfermo y nadie “tiene bien ganado” el estar así. Si es muy frecuente, en cambio, que los pacientes desconozcan los factores de riesgo que los llevan a enfermarse, como sucede en el caso del SIDA, donde pocos saben que el sexo oral es una forma de trasmisión, o que, las mas de las veces, simplemente seamos miopes a las consecuencias futuras de nuestros actos. Así, sacrificamos nuestro corazón, por ese placer efímero, del Big Mac, con papas fritas grandes y Coca-Cola normal, lo cual no nos hace personas malas o merecedoras de un castigo, sino simplemente personas poco previsoras.
Por otra parte, el riesgo de semejante mentalidad es que constituye realmente un problema de salud pública – y no sólo uno social - al conspirar contra esa misma sociedad que busca defender. A modo de ejemplo, el discriminar tan violentamente a quien padece SIDA, lejos de fomentar el autocuidado y la salud, probablemente sea el método más eficaz para diseminar la enfermedad, al tener los pacientes miedo de realizarse el examen del VIH, sabedor de todo lo que viene: desde el momento de tomarse la muestra de sangre, cuando una enfermera imprudente le preguntará si es homosexual, o le susurre en voz baja que tiene que retirar el resultado en tal parte – para que no escuche el resto de los pacientes, que vaya a saber uno como ni porqué, podrían espantarse - o cuando el médico, para realizar un procedimiento, se coloque doble guante, como sin con él, hubiera que tener precauciones distintas a las que se tienen con todos los demás pacientes. Entonces, no nos extrañemos de que el diagnostico no sea precoz y la diseminación incontrolada.
En forma paralela, la mencionada clasificación – profundamente enraizada en nuestro subconsciente – parece ignorar el dinamismo de la medicina y lo escaso de sus conocimientos. Para muestra un botón: recién hace trace años, aprendimos que pequeño número de obesos, lo era por el déficit de una hormona llamada leptina. Que descubriremos en el futuro? Quién sabe si todos los obesos lo son por exceso de un neurotrasmisor, déficit de una enzima o infección por una bacteria, y nosotros como idiotas echándole la culpa a que el tipo no cerraba la boca?
Finalmente, casi no existe enfermedad de la que entre comillas, no seamos “responsables”, ya sea por no habernos alejado de nuestros amigos fumadores (el tabaquismo pasivo o activo es factor de riesgo para distintos tipos de cáncer, algunos tan impensados como riñón y páncreas), por tomarnos unos vasos de ron el fin de semana (el alcohol es factor de riesgo para cáncer de cabeza y cuello), por ir a la playa y no ponernos bloqueador en todo el cuerpo, y luego cada 3 hrs o cada vez que nos bañamos (Cáncer de Piel) o simplemente por la mala costumbre de darle la mano a las personas (cosa que los japoneses no hacen), exponiéndonos a contraer hepatitis, parasitosis, etc.
Quizás entonces, y vaya paradoja, el primer paso para la equidad en la salud, lo deba dar la sociedad toda, reconociendo en todo enfermo el dolor que padece – sin distinción – para luego acogerlo alivianando su cruz, como Simón Cirene lo hiciera hace dos mil con Nuestro Senor, entendiendo que primero, ha de venir el amor, la comprensión, y que la ciencia médica, vendrá después.
Tuesday, January 20, 2009
Tuesday, January 6, 2009
Chilenos y la Lectura: un problema de voluntad
Hablaba hace unos días, con un amigo, profesor universitario, que con pena sincera se lamentaba de sólo haber leído 43 libros este año. El anterior había leído 64, y para el año recién terminado se proponía haber leído 2 libros por semana. Por lo cual su fracaso era doble: no sólo había leído menos que la meta deseada, sino que incluso había fracasado en siquiera igualar su marca anterior. Evidentemente, como correspondía, puse cara de pena e intenté consolarlo por su resonante fracaso. Entre medio, no podía evitar pensar que este año, en que procurando que no me ganara la cotidianeidad, había hecho denodados esfuerzos por leer, dudaba haber leído más de 15 libros.
Cuantos libros leerá un Chileno al año? me pregunté, buscando determinar si mi amigo era un superdotado o yo un mediocre.
La realidad, como siempre, superó a la ficción: 60 % de los chilenos no ha leído ningún libro en los últimos 12 meses, según la encuesta de consumo cultural y uso de tiempo libre del INE (2005). Que diferenciará a esos chilenos no-lectores de mí, o a esos chilenos y a mí de mi letrado amigo?
Será un asunto de acceso a los libros? Frecuentemente se recuerda el costo de los textos como un factor determinante para el escaso desarrollo del hábito lector. En primer lugar, llama la atención la asimetría entre los hogares que declaran no tener libros: 23.4% (Estudio Hábito Lector Cámara Chilena del Libro), frente a un porcentaje mucho mayor (60%) que no ha leído ningún libro en los últimos 12 meses, lo cual ya parece indicarnos, que no es el tener o no libros lo que determina que alguien lea. Lo anterior encuentra mayor sustento aún en el hecho que los hogares sin libros, incluyen algunos de nivel socioeconómico alto y muy alto.
Por otra parte, existe un red de bibliotecas públicas, incluyendo una magnifica Biblioteca Nacional, donde los grandes textos de la literatura acumulan más polvo que lectores. A esto, cabe agregar muy buenas bibliotecas y de bastante fácil acceso como son las del metro y otros de institutos culturales y colegios.
Así, no sólo no son tantos los hogares sin libros como los no lectores, sino que además, aún si el costo fuera la limitante real para la lectura, el acceso a libros en préstamo es fácil y extendido a lo largo del país.
Por ello, creo que el problema no es de costos o acceso, sino uno mucho más de fondo: un problema de voluntad.
Leer un libro implica un ejercicio de carácter y disciplina. En primer lugar conlleva hacerse el tiempo y sentarse a leer, proponerse una meta, detenerse treinta minutos y abstraerse de toda esa cotidianeidad que sin conducirnos a nada nos puede distraer infinitamente. Luego implica algo aun más extremo y difícil: persistir durante días, y no sólo horas, en la lectura del mismo texto y más aún, decidir que aquello que empezamos – y que sabemos es bueno para nuestro desarrollo en diversos ámbitos - lo vamos a terminar, a como dé lugar.
Por último, si queremos desarrollar una cultura sistemática en alguna área, habrá de ser un como mi amigo, y multiplicar ese esfuerzo diario y semanal, por al menos unas veinte veces al año, y al final, evaluar si cumplimos o no con nuestro objetivo.
Y los chilenos, pareciera ser, no somos capaces de semejante esfuerzo con nada, menos aún con la lectura. Simplemente parecemos carecer de la voluntad para hacer algo en forma constante durante un año, sin fallar, sin excusas, y evaluar nuestro éxito o fracaso en base a objetivos: cuantos empleados llegan a su oficina en forma puntual TODOS los días del año? Cuántos jefes? Cuántos universitarios terminan hasta fin de ano los proyectos sociales a los que se comprometieron en marzo? Cuántos los abandonan cuando llegan los exámenes? Cuántos diputados son capaces de asistir a TODAS las sesiones de la cámara, que debería ser el compromiso mínimo a adoptar con sus votantes?
El problema lector, no parece entonces, ser sólo un asunto de precio o acceso a libros, sino más profundamente, un problema de voluntad, de carácter.
Quizás, habría que proponer entonces, un nuevo enfoque para desarrollar la lectura, uno que implique no sólo fomentar lo entretenido en ella – y vaya que lo es – o el acceso a libros, sino también, ensenar que la lectura diaria y semanal, es como trotar o hacer algún deporte: no necesariamente nos gusta hacerlo todos los días o tres veces por semana – de hecho, es muy difícil - pero sabemos que es importante y necesario. Es nuestro deber, por nuestra salud: como lo es comer balanceadamente, tomarse los medicamentos que nos receta el médico o dormir ocho horas. Ni más, ni menos.
Cuantos libros leerá un Chileno al año? me pregunté, buscando determinar si mi amigo era un superdotado o yo un mediocre.
La realidad, como siempre, superó a la ficción: 60 % de los chilenos no ha leído ningún libro en los últimos 12 meses, según la encuesta de consumo cultural y uso de tiempo libre del INE (2005). Que diferenciará a esos chilenos no-lectores de mí, o a esos chilenos y a mí de mi letrado amigo?
Será un asunto de acceso a los libros? Frecuentemente se recuerda el costo de los textos como un factor determinante para el escaso desarrollo del hábito lector. En primer lugar, llama la atención la asimetría entre los hogares que declaran no tener libros: 23.4% (Estudio Hábito Lector Cámara Chilena del Libro), frente a un porcentaje mucho mayor (60%) que no ha leído ningún libro en los últimos 12 meses, lo cual ya parece indicarnos, que no es el tener o no libros lo que determina que alguien lea. Lo anterior encuentra mayor sustento aún en el hecho que los hogares sin libros, incluyen algunos de nivel socioeconómico alto y muy alto.
Por otra parte, existe un red de bibliotecas públicas, incluyendo una magnifica Biblioteca Nacional, donde los grandes textos de la literatura acumulan más polvo que lectores. A esto, cabe agregar muy buenas bibliotecas y de bastante fácil acceso como son las del metro y otros de institutos culturales y colegios.
Así, no sólo no son tantos los hogares sin libros como los no lectores, sino que además, aún si el costo fuera la limitante real para la lectura, el acceso a libros en préstamo es fácil y extendido a lo largo del país.
Por ello, creo que el problema no es de costos o acceso, sino uno mucho más de fondo: un problema de voluntad.
Leer un libro implica un ejercicio de carácter y disciplina. En primer lugar conlleva hacerse el tiempo y sentarse a leer, proponerse una meta, detenerse treinta minutos y abstraerse de toda esa cotidianeidad que sin conducirnos a nada nos puede distraer infinitamente. Luego implica algo aun más extremo y difícil: persistir durante días, y no sólo horas, en la lectura del mismo texto y más aún, decidir que aquello que empezamos – y que sabemos es bueno para nuestro desarrollo en diversos ámbitos - lo vamos a terminar, a como dé lugar.
Por último, si queremos desarrollar una cultura sistemática en alguna área, habrá de ser un como mi amigo, y multiplicar ese esfuerzo diario y semanal, por al menos unas veinte veces al año, y al final, evaluar si cumplimos o no con nuestro objetivo.
Y los chilenos, pareciera ser, no somos capaces de semejante esfuerzo con nada, menos aún con la lectura. Simplemente parecemos carecer de la voluntad para hacer algo en forma constante durante un año, sin fallar, sin excusas, y evaluar nuestro éxito o fracaso en base a objetivos: cuantos empleados llegan a su oficina en forma puntual TODOS los días del año? Cuántos jefes? Cuántos universitarios terminan hasta fin de ano los proyectos sociales a los que se comprometieron en marzo? Cuántos los abandonan cuando llegan los exámenes? Cuántos diputados son capaces de asistir a TODAS las sesiones de la cámara, que debería ser el compromiso mínimo a adoptar con sus votantes?
El problema lector, no parece entonces, ser sólo un asunto de precio o acceso a libros, sino más profundamente, un problema de voluntad, de carácter.
Quizás, habría que proponer entonces, un nuevo enfoque para desarrollar la lectura, uno que implique no sólo fomentar lo entretenido en ella – y vaya que lo es – o el acceso a libros, sino también, ensenar que la lectura diaria y semanal, es como trotar o hacer algún deporte: no necesariamente nos gusta hacerlo todos los días o tres veces por semana – de hecho, es muy difícil - pero sabemos que es importante y necesario. Es nuestro deber, por nuestra salud: como lo es comer balanceadamente, tomarse los medicamentos que nos receta el médico o dormir ocho horas. Ni más, ni menos.
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