Sunday, June 15, 2008

La Muerte y el Piloto Bahamondes



He pensado en la muerte. Lo curioso de esto es que tengo 25 años, no estoy deprimido, no soy un adolescente suicida ni tengo otra enfermedad mortal más que el envejecimiento. El ejercicio es sano pero difícil, por dos cosas: la cotidianeidad del fenómeno y una lógica implacable.
Me explico: hay gente que trabaja vendiendo tumbas. Su labor diaria es hablar con una viuda, llorando, o al borde de llorar, y decirle: mire, yo creo que su marido se merecía este cofre acolchado, madera de roble, con una alarma interior por si despierta. Ahora, por 200 mil más, incluyo ventilación en los pies y un sistema antitermitas, pero como usted es especial y más era aún su marido, si paga en efectivo se lleva un segundo cofre adicional para el futuro, porque no es que usted se vaya a morir, pero quien sabe… por si acaso.
Quizás este ficticio vendedor de féretros, sea el mejor ejemplo de vivir inmerso en la muerte: ésta le resulta tan cotidiana, que probablemente ya ni piense en ella, y diga, como una vez le escuché decir a alguien con lógica implacable: todos los hombres han muerto, quizás yo también. Y es cierto, porque sin importar cuantos hombres hayan muerto alrededor nuestro, no tenemos certeza de que vamos a morir. La sola repetición de un hecho, en forma previa infinitas veces, no nos da la más mínima certidumbre, contrario a lo que solemos creer, que a este paradójico infinito más uno, nosotros, le sucederá los mismo que a sus predecesores.
En la práctica, no es menos cierto, todo hombre es dueño de una funeraria, y la muerte no es sólo un fenómeno que acontece alrededor, sino un océano en el cual se está sumergido, sin importar que en la noche llegue a su casa a ver la teleserie: los árboles se secan, el hombre que nos acompañó en la micro fue baleado al salir del supermercado, nuestro abuelo agoniza, etc. Entonces. al igual que este ficticio vendedor de tumbas, nosotros vivimos bajo la misma lógica. Preferimos pensar que en una de esas, son otros los que mueren y nosotros, quizás, podamos tener la dicha de ir de la oficina al trabajo y del trabajo a la oficina por millones de anos.
Anestesiados por lo implacablemente habitual de la muerte y esta no- certeza respecto a ella, sólo intuimos que vamos a morir, y entre tanta incertidumbre la radicalidad de este hecho se nos escapa de las manos, y simplemente no entendemos, como ya lo decía Montaigne, que una buena o mala muerte proyecta luz o sombra sobre toda nuestra vida. El rey Príamo, poderoso y temible, vio al morir, su reino y familia destruida.
Cuan distinta a la muerte de Príamo la del piloto Bahamondes. Quizás el también vivió una vida simple, en un océano de muerte, pensó lógicamente que no había certeza de ésta y por lo tanto, llegó a su casa a ver la teleserie. Sin embargo, caído su avión en la selva, su destino se hizo ineludible. Se preocupó de asegurar a sus pasajeros, que salieran del avión, cortaran la gasolina, se preparan para el rescate. Los mantuvo con ánimo por dos, literalmente, agónicos días y en última instancia, hizo un gallardo gesto de desprecio a la muerte: viéndola de seguro, frente a frente, se preocupó simplemente, de que le cerraran la boca si moría. Parecía ser, que del resto, no había nada que arreglar, ni nada que temer. Quizás vivió sin heroísmos, pero murió si miedo. Concédenos Dios, morir así.