Tuesday, May 20, 2008

Any Given Sunday

Que es un domingo cualquiera? Para muchos es una eternidad tratando de recuperarse de una espantosa ingesta de alcohol. Para otros, es el día de la fe, del almuerzo familiar o de ambos. Quién sabe.
Mi domingo comienza en Boston a las dos de la tarde. Camino al azar. Bueno, no tanto. Voy hacia Roxbury Crossing, un metro que podría estar en la mitad de Jerusalén: calle arriba una Iglesia Católica, calle abajo una Mezquita. Entre medio de ambas, el metro y una Iglesia latina protestante.
El tren me deja Charles/MGH, la estación del hospital. Bajo. Un sol infinito cubre la finita rivera del rio Charles. Dejo ese recorrido para más tarde. Acelero la marcha y entro a la calle del mismo nombre. A mano izquierda una licorería. Venderán Pisco? Si, efectivamente, cuarenta grados de puro Chile a cuarenta veces el precio que pagamos en nuestra patria. Eso seguro que es buen negocio. Además, si no lo compran los gringos, siempre habrá un chileno desesperado, que gastará la mitad de su sueldo en eso. No soy yo, o no hoy al menos. No se rían.
Sigo caminando, llego a Boston Common, el parque, y doblando a la derecha, me encuentro con el bar que inspiró Cheers, la serie de televisión, supongo. De algo que me sirva ver encendida esa caja una vez al año. Y sí, adivinaron: hay un japonés sacando fotos.
Tal bípedo desenfrenado, sigo raudo caminando y entro a Commonwealth Avenue. Avenida Mancomunidad? No, definitivamente, algunas cosas suenan mejor en inglés. Podría ser una calle en Buenos Aires, ancha, llena de esculturas. Solo le falta la caca de perro y una estatua con el grafiti “Menem ladrón”, que quizás hoy sería “Menem Padre de la Patria” si hubiera robado la mitad.
Muchas horas caminando. A lo lejos veo “Prudential Center”, entro a almorzar. Curioso nombre, prudencia, muy aristotélico. La virtud del conocimiento práctico, la prudencia. A quien se le ocurriría ponerle ese nombre a un mall? Se imaginan que el Parque Arauco se llamara Logos, o Sophós, o quizás Metempsicosis? Quizás tal nombre sólo sea posible en una ciudad que con seguridad, tiene más librerías que supermercados.
Retomo mi rumbo a la rivera del Charles. Increíble. Hay un club para practicar deportes náuticos. No es caro. La invitación es para todo los que tengan las ganas y unos pocos dólares. Es decir, un punto medio entre Mapocho y Calafquén. Ni muy exclusivo, ni absolutamente inmundo. A los costados del camino, gente leyendo, conversando en diversos idiomas.
A la izquierda, un gigantesco odeón. Obviamente financiado por la iniciativa privada de una familia. Massenet, Frank, Debussy, los nombres de grandes compositores están en letras plateadas, inscritos alrededor del odeón. Con justicia, Beethoven y Bach, ocupan el lugar prominente.
Perdido entre las calles, me encuentro sorpresivamente con Beacon Avenue. Entro a una librería, que en Chile seguro habría sido un supermercado. Voy derecho a la sección de ofertas. “501 maravillas que se deben conocer”. Una de ellas, Rapa Nui. Dan un buen consejo: “You can drink Pisco with Coke. To drink it alone is possible, but not advisable”. Sabio.
En la sección literatura, me encuentro con Ernst Shackleton. Bueno, no con él, sino con el relato escrito por Alfred Lansing, de tan portentosa hazaña: navegar 1287 kms a través del Mar de Drake, sorteando olas de hasta 10 metros de alto, en un bote de 6.85 metros de eslora, para luego de un ano, rescatar a sus hombres atrapados en el hielo. Decido comprar el libro. Nadie así merece ser olvidado.
Además, me motiva la frase inscrita en la pared: cuando tengo plata, compro libros, si me sobra algo, comida. Sigo en la librería: una nueva edición de la “Guerra y la Paz”, “Disgrace” de Coetze, y la trilogía de John Doss Passos, llaman mi atención. No las compro, desgraciadamente yo si necesito comer. Entre medio, un poco antes de Coetze, un poco después de Austen y Auster, Borges. Que alegría, es un pedazo de mi literaria patria, Argentina, pero sin caca, sin nada contra Menem y en inglés. A Borges le hubiera encantado ver sus textos en ingles, seguro. Como no?, Si ya ciego, citaba de memoria, desde el Beowolf a la prosa de Stevenson, desde Byron a Grabiel Rosetti.
Al azar abro el libro: esa bala es antigua, escribe Borges. “This bullet is old”. En memoria de JFK, de él y de Cesar y tantos otros muertos por balas y no balas. De paso me asombra el español. “Funes, el Memorioso”, maravilloso cuento del hombre que nunca olvida, es traducido como “Funes: his memory”. Definitivamente esta vez no ha sido el traicionero el traductor, sino el idioma: no hay traducción real posible. Decido no comprar el libro. El insaciable ídolo tribal de mi estomago, reclama un nuevo sacrificio calórico a su altar.
Afuera, ya no es una tarde soleada. Guardo mi libro de Shakelton en el bolso y saco mi chaleco. Un domingo cualquiera. De que depende? Quizás no depende de estar en Paris, en Santiago, en Londres, Boston, o en Tokio, quizás la alegría de la caminata, está en encontrar un significado a lo que nos rodea. Descubrir que las cosas no son por azar. Que Bach fue un compositor notable, que Shackleton merece un lugar en nuestra memoria y que las balas son antiguas, tanto como el odio.
Sopla el viento, entro a un café a matar las últimas páginas de un libro. Que significado tendrá el mundo para un joven que sale de cuarto medio sin saber los rudimentos de la historia? Le servirá de algo una educación que no le permite abrir el diario y entender porque pasa lo que pasa? Ese es el sentido de ensenar historia. Poder entender el diario. Le robo la idea a Fernand Braudel. No “formar hombres cultos”, “íntegros”, simplemente, formar hombres que puedan caminar, entender la ciudad y entender el diario. Punto. Después vendrá el resto.
Están cerrando el café. Me piden que no pise el suelo mojado. Salgo por la puerta de atrás, cierro mi libro, subo al tren.

Sunday, May 11, 2008

Bouvet y la Pobreza


Cierre los ojos. Bueno, veo que no me hizo caso. No importa, imagine que cierra los ojos y mira un mapa. Ubique Ciudad del Cabo, en el extremo Sur de África. Desplace su imaginaria vista desde ahí, y trazando una línea recta a través del Océano Indico, haga un recorrido mental hacia la Antártida. Que vio? Algo mas aparte del mar? Seguramente no. Pero le cuento que si hay algo. Se trata de la isla de Bouvet, de 49 km2 de superficie, rodeada de hielo, que corresponde al lugar mas aislado del mundo, ubicado a 1600 kms del pedazo de tierra más cercano (i.e. la Antártida), y que por azares del imperialismo, es colonia noruega desde 1927.
Ahora bien, si abandonando ese horizonte lejano en su mente, se sube a un barco y llega a la Isla, según he leído, su imagen va a cambiar. Probablemente ya no piense solo en un punto aislado, sino en algo mas profundo: la desolación. Su reflexión ya no será teórica, sino que, encumbrada en el corazón de la vivencia, se dejara guiar por la poesía de un lugar estéril: deshabitada, cubierta casi completamente por hielo, solo es posible acceder a ella en helicóptero. Una estación meteorológica, ya destruida, ha sido su único habitante por anos.
Más interesante aún, será lo que suceda la próxima vez que usted vea un mapa: si es curioso, y tiene buena memoria, inmediatamente tratará de encontrarla, de tal modo que usted verá algo, donde la mayoría de la gente no ve nada, dado que, nuestro conocimiento de las cosas, y la impresión que nos hagamos de ellas depende entre otras cosas, de la cercanía con que la vemos, y vaya paradoja, de nuestros mismos conocimientos previos.
Sin embargo, la pregunta es: a que distancia hay que ver? Cuanto es necesario saber para tener una opinión? Es complejo. Intuitivamente sabemos que un cuadro no debe verse de muy lejos, como la Isla Bouvet, porque de hecho no se ve. Tampoco de muy cerca, dado que “El Entierro del Conde de Orgaz” no es solo un mano del conde vista de cerca, sino el conde mismo, los santos y el cielo que se abre ante él.
Esto mismo sucede con la pobreza. No sabemos como verla si de lejos o de cerca, ni menos aun, sabemos que es exactamente lo que hay que saber de ella. De cerca el panorama es desolador. Lo componen poblaciones como la Chimba, en Recoleta, donde la única casa de dos pisos es un lugar donde a vista y paciencia de todo el mundo se vende droga, donde los autos bonitos no son fruto del esfuerzo (o al menos no de un esfuerzo honesto) y donde los disparos no son hombres a caballo, vestidos de rojo, cazando zorros.
Visto aun más de cerca, quizás de un poco de ánimo. Un grupo de estudiantes de la Universidad Católica llevan varios años preparando jóvenes y adultos para terminar su educación básica y media, o realizando talleres para niños de todas las edades en un intento real para evitar que consuman pasta base antes de aprender el abecedario.
Por otra parte, de lejos, el panorama nuevamente abruma. Considerando una línea de pobreza urbana ubicada en $ 47 .099, que sabemos no es suficiente para cubrir necesidades mínimas, hay un total de 2.208.937 persona viviendo en la pobreza. Una cifra que indigna y avergüenza, de solo pensar que poniendo un punto de corte tan poco exigente, hay dentro de Chile el equivalente a casi toda la población de Uruguay, viviendo del hambre.
Qué hacer? Probablemente se requiere de una visión muy amplia para buscar soluciones. Una que primero, tenga la experiencia haber estado cerca. De ver lo que es ser pobre in situ. Que ojala también haya visto esos signos de esperanza, en tantos jóvenes realizando esfuerzos cotidianos por dar una mano al que sufre, y que sin embargo no olvide los datos, el panorama global, y que solucionar un problema así, no es solo construir mediaguas, sino también realizar grandes reformas macroeconómicas, a veces impopulares, modificar, estructuras, de una vez y para siempre, sin permanecer estancados en el discurso demagógico, el cual, apelando a los sentimientos viscerales, surgidos muchas veces de ver toda de muy cerca, de muy lejos, o simplemente del hablar sin conocer, solo ha logrado que, frente a la posibilidad real, que se vio en los 90, de llegar al 2010 con un Chile sin pobres, no nos quede hoy, tristemente, más que postergar esa meta unos cuantos años más.
Pronto será un año de elecciones. Hágase cargo del poder de su voto, y pregúntele a su candidato que solución ofrece, al problema de los pobres: no vaya a ser que lo sorprenda viendo de muy cerca, de muy lejos, o peor aún, hablando sin saber.

Sunday, May 4, 2008

Del Cielo, el Nirvana, el Hombre Soltero y la Comunidad

Fue un acto automático. En cierta forma surrealista. André Breton me habría felicitado. Llegué cansado, sin filtro mental alguno y dije: no más guerra. Puse agua a calentar y una vez hirviendo, coloqué un tercio de un paquete de tallarines dentro de ella. En cinco minutos estaba listo (son las ventajas de no tener que cocinar para toda la familia). No me molesté en usar un colador para separar la pasta del agua. Simplemente, usando la tapa de la olla, como si fuera un escolar en campamento de BoyScout, colé el contenido de la misma y agregué un tarro de salsa dentro. Casi me sentí un elaborado Chef francés cuando agregué a los tallarines, orégano y una pizca de sal. Mi cena estaba lista. Obviamente, la olla fue mi plato. Sin postre no me iba a quedar: tomé un abrelatas, abrí un tarro de duraznos y con el mismo tenedor con el que había comido los tallarines, disfrute profundamente de aquel envasado fruto de la madre tierra.
Seguro que usted está pensado: que decadente este tipo. Se pasó. Como no pudo cocinar decentemente, preparar la salsa en una olla aparte, agregando un poco de carne, colar los tallarines con un colador, servir todo en un plato, rezar una oración antes y luego comer los duraznos en un bol con una cuchara?
Bueno, yo no pensé eso. Es más, no solo no pensé que había hecho algo malo o reprochable, sino que consideré que era más bien un ejemplo a seguir: cuanto carbono le había ahorrado a la atmosfera al tener que lavar menos platos y no tener que usar detergentes innecesarios? Cuánta agua había ahorrado usando un solo tenedor? Lo mío no era de flojo. Lo mío era sencillamente un heroico acto ecologista y punto.
Esto es, a fin de cuentas, lo que le pasa al hombre solo. Llegado el momento, es el solo el único señor de todos sus actos. Abogado acusador, defensor y juez. Lo bueno y lo malo, o lo más apropiado frente a lo inapropiado, solo se dicen con relación a él y no con relación al bien absoluto, que sin entrar a discutir, aun cuando es materia de discusión, confiamos que existe.
Quizás, yo con mis tallarines, no sea más que la decadente contraparte de aquel personaje de Joseph Conrad, en “The Heart of the Darkness” (Libro que inspiró “Apocalypsis Now”), quien en medio de la jungla, donde a nadie podría importarle menos, se esforzaba por vestir todos los días con un impecable y bien planchado traje blanco. Es decir, el hombre que impertérrito, en medio de las dificultades, sin importar si existe o no juicio ajeno, hace lo que considera su deber: vestirse limpiamente, o comer dignamente.
Y que duda cabe, vestirse de blanco en la jungla, es difícil. Quizás tan difícil como ser fiel, no mentir, devolver el vuelto que nos dieron de mas o no copiar en las pruebas. Ese es quizás el rol salvífico de la comunidad. Dado que, la única diferencia, citando a un amigo, entre un niño de catorce anos con un computador solo en su pieza, o con el mismo computador y televisión en una salita de estar a la vista de todos, es el rol protector de la comunidad (entendido que se trata de una buena comunidad). La sola presencia de la familia alrededor lo protegerá, quizás a veces a pesar de su voluntad, de ver u oír, aquello que no es bueno para él.
La misma idea, probablemente tenía Cristo, quien para llevar a cabo su proyecto salvífico elige a doce hombres, luego a setenta y dos, para que luego, el primer testimonio que tengamos de aquellos antiguos cristiano sea que: “rezaban en comunidad”. Y es que, trabajando por y en la comunidad, es como nos salvamos. No solos. Un concepto similar esta en algunas corrientes del Budismo, como el “Mahayana” o “Gran Vehículo”, que coloca un gran énfasis en la importancia de trabajar para otros y ayudarlos en su camino al Nirvana.
A fin de cuentas, Dios, más sabio que el hombre, sabía que este último, dejado solo en la mitad de la nada, termina comiendo de la olla y rara veces elige vestirse de blanco en la mitad de la jungla: cuidemos la comunidad, vivamos en comunidad.