Que es un domingo cualquiera? Para muchos es una eternidad tratando de recuperarse de una espantosa ingesta de alcohol. Para otros, es el día de la fe, del almuerzo familiar o de ambos. Quién sabe.
Mi domingo comienza en Boston a las dos de la tarde. Camino al azar. Bueno, no tanto. Voy hacia Roxbury Crossing, un metro que podría estar en la mitad de Jerusalén: calle arriba una Iglesia Católica, calle abajo una Mezquita. Entre medio de ambas, el metro y una Iglesia latina protestante.
El tren me deja Charles/MGH, la estación del hospital. Bajo. Un sol infinito cubre la finita rivera del rio Charles. Dejo ese recorrido para más tarde. Acelero la marcha y entro a la calle del mismo nombre. A mano izquierda una licorería. Venderán Pisco? Si, efectivamente, cuarenta grados de puro Chile a cuarenta veces el precio que pagamos en nuestra patria. Eso seguro que es buen negocio. Además, si no lo compran los gringos, siempre habrá un chileno desesperado, que gastará la mitad de su sueldo en eso. No soy yo, o no hoy al menos. No se rían.
Sigo caminando, llego a Boston Common, el parque, y doblando a la derecha, me encuentro con el bar que inspiró Cheers, la serie de televisión, supongo. De algo que me sirva ver encendida esa caja una vez al año. Y sí, adivinaron: hay un japonés sacando fotos.
Tal bípedo desenfrenado, sigo raudo caminando y entro a Commonwealth Avenue. Avenida Mancomunidad? No, definitivamente, algunas cosas suenan mejor en inglés. Podría ser una calle en Buenos Aires, ancha, llena de esculturas. Solo le falta la caca de perro y una estatua con el grafiti “Menem ladrón”, que quizás hoy sería “Menem Padre de la Patria” si hubiera robado la mitad.
Muchas horas caminando. A lo lejos veo “Prudential Center”, entro a almorzar. Curioso nombre, prudencia, muy aristotélico. La virtud del conocimiento práctico, la prudencia. A quien se le ocurriría ponerle ese nombre a un mall? Se imaginan que el Parque Arauco se llamara Logos, o Sophós, o quizás Metempsicosis? Quizás tal nombre sólo sea posible en una ciudad que con seguridad, tiene más librerías que supermercados.
Retomo mi rumbo a la rivera del Charles. Increíble. Hay un club para practicar deportes náuticos. No es caro. La invitación es para todo los que tengan las ganas y unos pocos dólares. Es decir, un punto medio entre Mapocho y Calafquén. Ni muy exclusivo, ni absolutamente inmundo. A los costados del camino, gente leyendo, conversando en diversos idiomas.
A la izquierda, un gigantesco odeón. Obviamente financiado por la iniciativa privada de una familia. Massenet, Frank, Debussy, los nombres de grandes compositores están en letras plateadas, inscritos alrededor del odeón. Con justicia, Beethoven y Bach, ocupan el lugar prominente.
Perdido entre las calles, me encuentro sorpresivamente con Beacon Avenue. Entro a una librería, que en Chile seguro habría sido un supermercado. Voy derecho a la sección de ofertas. “501 maravillas que se deben conocer”. Una de ellas, Rapa Nui. Dan un buen consejo: “You can drink Pisco with Coke. To drink it alone is possible, but not advisable”. Sabio.
En la sección literatura, me encuentro con Ernst Shackleton. Bueno, no con él, sino con el relato escrito por Alfred Lansing, de tan portentosa hazaña: navegar 1287 kms a través del Mar de Drake, sorteando olas de hasta 10 metros de alto, en un bote de 6.85 metros de eslora, para luego de un ano, rescatar a sus hombres atrapados en el hielo. Decido comprar el libro. Nadie así merece ser olvidado.
Además, me motiva la frase inscrita en la pared: cuando tengo plata, compro libros, si me sobra algo, comida. Sigo en la librería: una nueva edición de la “Guerra y la Paz”, “Disgrace” de Coetze, y la trilogía de John Doss Passos, llaman mi atención. No las compro, desgraciadamente yo si necesito comer. Entre medio, un poco antes de Coetze, un poco después de Austen y Auster, Borges. Que alegría, es un pedazo de mi literaria patria, Argentina, pero sin caca, sin nada contra Menem y en inglés. A Borges le hubiera encantado ver sus textos en ingles, seguro. Como no?, Si ya ciego, citaba de memoria, desde el Beowolf a la prosa de Stevenson, desde Byron a Grabiel Rosetti.
Al azar abro el libro: esa bala es antigua, escribe Borges. “This bullet is old”. En memoria de JFK, de él y de Cesar y tantos otros muertos por balas y no balas. De paso me asombra el español. “Funes, el Memorioso”, maravilloso cuento del hombre que nunca olvida, es traducido como “Funes: his memory”. Definitivamente esta vez no ha sido el traicionero el traductor, sino el idioma: no hay traducción real posible. Decido no comprar el libro. El insaciable ídolo tribal de mi estomago, reclama un nuevo sacrificio calórico a su altar.
Afuera, ya no es una tarde soleada. Guardo mi libro de Shakelton en el bolso y saco mi chaleco. Un domingo cualquiera. De que depende? Quizás no depende de estar en Paris, en Santiago, en Londres, Boston, o en Tokio, quizás la alegría de la caminata, está en encontrar un significado a lo que nos rodea. Descubrir que las cosas no son por azar. Que Bach fue un compositor notable, que Shackleton merece un lugar en nuestra memoria y que las balas son antiguas, tanto como el odio.
Sopla el viento, entro a un café a matar las últimas páginas de un libro. Que significado tendrá el mundo para un joven que sale de cuarto medio sin saber los rudimentos de la historia? Le servirá de algo una educación que no le permite abrir el diario y entender porque pasa lo que pasa? Ese es el sentido de ensenar historia. Poder entender el diario. Le robo la idea a Fernand Braudel. No “formar hombres cultos”, “íntegros”, simplemente, formar hombres que puedan caminar, entender la ciudad y entender el diario. Punto. Después vendrá el resto.
Están cerrando el café. Me piden que no pise el suelo mojado. Salgo por la puerta de atrás, cierro mi libro, subo al tren.
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